Voraz monófaga de la esperanza arrullada por el compás de los latidos que opera a su merced, va formándose cual voluta expansiva hasta impedir la entrada de aire. Sólo por una noche te desecharía para mitigar el dolor y conciliar un plácido sueño, uno carente de dolor, uno desprovisto de terror... si tan solo me abandonaras unas horas... Como un virus, propaga un sentimiento agorero junto al torrente sanguíneo, bombeándolo a cada célula, alertando a todo el sistema de una catástrofe venidera. Y, como si de una batalla arcaica se tratara, cada músculo convulsiona para expeler la idea. ¿Acaso se trata de un rival hostil o de un aliado afable? ¿Pretende la destrucción o la supervivencia?
Al final, sólo tiempo... perdido, pasado, marchito... minuto tras minuto... hasta llegar a un futuro cimentado horas atrás, incierto, velado, fosco, con la única esperanza de que el trayecto valga la espera.
Love casts out fear; but conversely fear casts out love. And not only love. Fear also casts out intelligence, casts out goodness, casts out all thought of beauty and truth. For in the end fear casts out even a man's humanity. And fear, my good friends, fear is the very basis and foundation of modern life.
domingo, 15 de junio de 2014
sábado, 12 de abril de 2014
De compras postnatales
No voy a entrar en si no tener hijos es una bendición o un castigo, pero voy a explicaos lo que supone ir a comprar un regalo para alguien que no los tiene.
En primer lugar, aclarar que el regalo estaba completamente definido: una vajilla para bebés, para una niña, que no fuera muy rosa, con ositos y nubes (o similar). Fácil, ¿no?
La odisea comenzó ayer cuando entré en Prenatal y tuve que salirme en medio de una llantaina. Si, estoy sensible al tema bebés. Entré muy decidida, pensando "esto, como las tiritas, mejor del tirón" y, a medio recorrido de la tienda, entre carritos de bebés y futuras mamás a punto de explotar, me asaltó el lagrimeo, por lo que decidí salir, dar una vuelta y respirar hondo, mutando la idea a "mañana será otro día".
Hoy me he cargado de valor y me he dirigido a La Maquinista, donde se suponía tenía que encontrar algo aceptable por cálculo de probabilidades (era el centro comercial con más oferta en puerricultura). Previo paseo, café y demás entretenimientos con un amigo, nos hemos despedido y he entrado en Prenatal de nuevo. Os diré que la última vez que estuve en uno, mi hermano (que cumplirá 20 años en un mes y medio) iba en cochecito, y esto no se parecía en nada a lo que tenía en mente: pasillos llenos de colorines a cual más chillón y un hilo musical estridente. Encuentro las vajillas: ¿quién ha dejado que se escapen los diseñadores de Ikea? Horrorizada por los colores, formas y dibujos, salgo de la tienda, camino de la siguiente. Os lo resumiré así: la peregrinación ha comenzado sobre las 14h y he llegado a casa a las 20.45 sin comprar ninguna, tras recorrer media Barcelona entre Imaginarium, Eureka, El Palacio del Bebé, El Corte Inglés, Abacus, Zara Home, jugueterías varias y otros pequeños comercios.
Resumiendo, es imposible encontrar una vajilla de melamina (resistente a las caídas "accidentales") con dibujos que no provoquen epilepsia o no fomenten el uso de las drogas. ¿Qué ha pasado con los colores pastel y los dibujos tiernos? ¿Por qué Hello Kitty ha copado el mercado de esta forma? ¿Es buena tanta sobrestimulación para los niños? Y digo imposible porque llevo recorridas infinidad de páginas web en un vano intento de descubrir dónde está mi error al elegir las tiendas para comprar. Optaré por cualquiera que no me haga saltar los capilares oculares, pero ya el lunes, si eso... cuando la idea de adentrarme en otra tienda para niños no me genere ansiedad...
En primer lugar, aclarar que el regalo estaba completamente definido: una vajilla para bebés, para una niña, que no fuera muy rosa, con ositos y nubes (o similar). Fácil, ¿no?
La odisea comenzó ayer cuando entré en Prenatal y tuve que salirme en medio de una llantaina. Si, estoy sensible al tema bebés. Entré muy decidida, pensando "esto, como las tiritas, mejor del tirón" y, a medio recorrido de la tienda, entre carritos de bebés y futuras mamás a punto de explotar, me asaltó el lagrimeo, por lo que decidí salir, dar una vuelta y respirar hondo, mutando la idea a "mañana será otro día".
Hoy me he cargado de valor y me he dirigido a La Maquinista, donde se suponía tenía que encontrar algo aceptable por cálculo de probabilidades (era el centro comercial con más oferta en puerricultura). Previo paseo, café y demás entretenimientos con un amigo, nos hemos despedido y he entrado en Prenatal de nuevo. Os diré que la última vez que estuve en uno, mi hermano (que cumplirá 20 años en un mes y medio) iba en cochecito, y esto no se parecía en nada a lo que tenía en mente: pasillos llenos de colorines a cual más chillón y un hilo musical estridente. Encuentro las vajillas: ¿quién ha dejado que se escapen los diseñadores de Ikea? Horrorizada por los colores, formas y dibujos, salgo de la tienda, camino de la siguiente. Os lo resumiré así: la peregrinación ha comenzado sobre las 14h y he llegado a casa a las 20.45 sin comprar ninguna, tras recorrer media Barcelona entre Imaginarium, Eureka, El Palacio del Bebé, El Corte Inglés, Abacus, Zara Home, jugueterías varias y otros pequeños comercios.
Resumiendo, es imposible encontrar una vajilla de melamina (resistente a las caídas "accidentales") con dibujos que no provoquen epilepsia o no fomenten el uso de las drogas. ¿Qué ha pasado con los colores pastel y los dibujos tiernos? ¿Por qué Hello Kitty ha copado el mercado de esta forma? ¿Es buena tanta sobrestimulación para los niños? Y digo imposible porque llevo recorridas infinidad de páginas web en un vano intento de descubrir dónde está mi error al elegir las tiendas para comprar. Optaré por cualquiera que no me haga saltar los capilares oculares, pero ya el lunes, si eso... cuando la idea de adentrarme en otra tienda para niños no me genere ansiedad...
domingo, 16 de febrero de 2014
Replanteamiento
No soy la misma que ayer; no soy quien seré mañana. Cada día amanezco a una nueva realidad que me priva de una pequeña parte de mi ser en pos de la adaptación al medio. Mi esencia se desprende y se entremezcla con el hedor de una sociedad enferma de desencanto, decadente, formada por seres fríos y distantes que infravaloran los valores más básicos. Me entristece esconderme tras un escudo de indiferencia, camuflarme con desafecto y apatía, sólo para sobrevivir un día más, mientras me pregunto si este es el mundo que quiero dejar a generaciones venideras. Y estoy cansada de responderme... necesito un cambio que, entiendo, tiene que arrancar de mí en primera instancia.
Poco a poco, recupero mi naturaleza, tomo contacto nuevamente con el arte en diferentes formas, me dejo llevar por las conversaciones delante de una taza de té. Necesito dejar de sentirme a la defensiva, retirar las redes de seguridad y permitirme nuevos errores. Me permito llorar sólo porque lo necesito y me descubro con una valentía que creía perdida. Me enfrento a fantasmas del pasado, y creo, nuevamente. Pese a todo, me niego al cinismo, al descreimiento. Soy más fuerte después de los golpes: me levanto y avanzo.
Poco a poco, recupero mi naturaleza, tomo contacto nuevamente con el arte en diferentes formas, me dejo llevar por las conversaciones delante de una taza de té. Necesito dejar de sentirme a la defensiva, retirar las redes de seguridad y permitirme nuevos errores. Me permito llorar sólo porque lo necesito y me descubro con una valentía que creía perdida. Me enfrento a fantasmas del pasado, y creo, nuevamente. Pese a todo, me niego al cinismo, al descreimiento. Soy más fuerte después de los golpes: me levanto y avanzo.
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