domingo, 1 de mayo de 2011

Cloudy Monday

Lunes, 5:30. Suena el despertador. Lo apago, pensando que 30 minutitos más en la cama, después de las horas extras no remuneradas, no se van a notar… y me tomo esa pequeña licencia.

Cada mañana, como otros tantos, repito el mismo ritual: despertador, ducha, salir de casa, llegar a la oficina, trabajar un rato, bajar a desayunar, trabajar, comer delante del ordenador, intentar salir a una hora razonable (¡bonita utopía!) Al final de la semana, miro atrás para darme cuenta de que se trata de otra semana vacía, llena de horas en la oficina, viendo pasar las horas sin tener la sensación de llegar a ninguna parte, sintiendo que la vida se va por el retrete sin que puedas impedirlo. Nado cada día en la más absoluta monotonía, desmotivada, vacía.

Es un lunes nublado y, de repente, en medio de la sensación de apatía, resuena en mi cabeza como un poderoso mantra, como un redoble de tambor, “lo hecho, hecho está” y me invade de nuevo la tristeza, calando hasta lo más hondo de mi ser, haciendo que mi corazón lata lento, pesado, como si bombeara las lágrimas que no quieren salir y que se enquistan aún hoy, clavadas, ancladas en el pecho. Me sorprendo de nuevo al borde del asma, con los ojos acuosos, y repaso mentalmente el proceso de todo un año y medio, rezando porque algún día desaparezca esta sensación, esta dualidad corazón/mente, esta rivalidad entre la lógica y los deseos. Siento el dolor en la médula de mis huesos y asoma la náusea a la boca de mi estómago con cada nueva entonación de su mantra… “Lo hecho, hecho está”… Y esa sensación de abandono que ya existía antes del cisma, esa sensación de rechazo antes de ninguna decisión, vuelve para arrasar con la reconstrucción de mi yo, desestabilizando toda la estructura que me he visto obligada a reforzar una y otra vez.

Me cansa esta lucha interna perdida de antemano, me hiere la indiferencia hacia la batalla, me hastía no poder dejar de sentir, sin más, esa herida que no cicatriza nunca. Sólo son las 8:52 y en mi cabeza ya se ha desarrollado de nuevo el debate de siempre, como si mis hemisferios se negaran a aceptar que no necesito la batería de razones que me dan: no te quería, era comodidad, te hirió repetidas veces, sigues sintiendo, sigues deseando, sigue doliendo, no es recíproco, no es lo que quieres, no es lo que necesitas, lo necesitas, lo quieres, ya no hay nada, quizás algún día, tienes que rehacerte, tienes que intentarlo, tienes que olvidarlo, aún duele,…  Con un poco de suerte, sumergirme en la rutina de este lunes nublado me sirve para neutralizar el discurso de ambas partes y seguir avanzando hacia ninguna parte.

Quién sabe; quizás mañana salga el sol por fin…